La primera vez que escuché el nombre de Gaona fue en 2013, gracias a un cortometraje llamado Completo. Ese corto, parte de una trilogía que hizo por esos años, marcó un antes y un después en mi manera de ver cine. Desde ahí entendí que el cine no era un territorio lejano al que yo debía pedir permiso para entrar: también podía hablar desde lo local, desde la tierra y lo que conozco.
Creía —de verdad lo creía— que para hacer una “gran” película necesitaba exactamente eso: esos rostros, esos presupuestos, esos paisajes. Completo me volteó el mapa. Me mostró que lo local tiene demasiado por contar y que, en manos de un buen director, las historias más cercanas son las que más poder tienen.
Su trabajo con actores naturales, el habla, los gestos, la vibra inconfundible de pueblo y ese universo tan auténtico, me pareció en mis inicios algo cautivador. Después vino Pariente (2016), un primer indicio de western que era notable gusto del director, y con esa película entendí el verdadero poder de su cine. No solo por lo que significó para mí, sino porque fue la película que logró lo que yo nunca pensé posible: llevar a mi papá —un hombre que no creía en el cine, que no disfrutaba de una sala oscura, que no se interesaba en películas— de vuelta al cine.
Recuerdo que, como regalo de cumpleaños, le pedí que me acompañara a verla. Pagué su boleta, no le conté mucho, y nos sentamos. Al salir, después de ver incluso los créditos hasta el final, mi papá ya no era el mismo. Me repetía, impresionado, lo exacto del maquillaje, la piel curtida por el sol, las uñas sucias de campesino, las voces que sonaban a verdad. Para él, como hombre de pueblo Santandereano, fue un reencuentro con sus raíces. Y para mí, un regalo: compartir con él por primera vez la magia del cine.
Ficha técnica
- Título original: Adiós al amigo
- Año: 2025
- Duración: 118 min
- País: Colombia
- Dirección: Ivan Gaona Morales
- Guion: Ivan Gaona Morales
- Música: Edson Velandia
- Fotografía: Andres Hernandez
- Reparto: Willington Gordillo Duarte, Cristian Hernández Castillo, Marina Olarte, Suetonio Hernández.
La llegada de Adiós al Amigo
Casi diez años después, Iván regresa con Adiós al Amigo. Desde su primer minuto hasta el último, la película nunca pierde esa identidad criolla y local que tanto orgullo me da. Ambientada en 1902, finalizando la Guerra de los Mil Días, seguimos a Alfredo Duarte Amado, el clásico antiheroe —Por supuesto, con Willington Gordillo, aquel que ya conocimos en Pariente—, un desertor que recibe un telegrama con la noticia del embarazo de la esposa de su hermano. Emprende entonces un viaje físico y espiritual para encontrarlo, acompañado de un fotógrafo retratista que busca al asesino de su padre —Cristian Hernández, el rostro que vi por primera vez en Completo —.
La película vuelve a reunir a esos actores que han crecido junto a Gaona desde los primeros cortometrajes, pero ahora con un trabajo mucho más maduro, mucho más profundo. Verlos en pantalla grande, evolucionados, llevando el alma santandereana a tierras tan lejanas como Tokio, es un orgullo indescriptible.
En Colombia casi no se habla de western. Pareciera que el género no tuviera mucha cabida en nuestro cine, pero Adiós al Amigo demuestra lo contrario: el western no necesita desiertos de Arizona ni cowboys anglosajones para brillar en el género. El Cañón del Chicamocha, árido, inmenso y majestuoso, es un escenario que respira western por sí solo, convirtiéndose en un personaje más en la obra.
La fotografía de Andrés Hernández se adentra en el estilo del spaghetti western, con grandes planos generales que encuadran la pequeñez de los personajes frente a la inmensidad del paisaje. La composición trabaja constantemente referentes del género. Amé los rostros curtidos, la luz natural dura y polvorienta. Además, como toque favorito personal, Andrés juega con los zoom dramáticos, característicos del género, que me sacaron más de una sonrisa, porque no los esperaba.
Actores naturales: el que puede, puede.
Uno de los mayores logros de Gaona, desde Los retratos, ha sido su defensa del trabajo con actores naturales. Pero aquí no se trata solo de un gusto personal: es un proyecto de largo aguante. A lo largo de más de diez años, Gaona ha hecho crecer a sus actores con él y sus relatos, hasta el punto de convertir a Güepsa, su tierra natal, en un “pueblo de cine”.
En la mayoría de los círculos cinematográficos, trabajar con actores naturales genera controversia: algunos lo ven como una limitación, una especie de obstáculo frente a la “calidad” interpretativa que pueden dar los profesionales y un trabajo “poco profesional”. Y no les falta razón en un aspecto: es un camino complejo que no cualquiera puede transitar. La falta de técnica puede traducirse en rigidez, puede fácilmente perderse la intención de una escena con solo una mirada mal hecha o un diálogo sin emoción, finalmente en un trabajo actoral menos pulido. Por eso muchos directores prefieren rodearse de intérpretes formados, para garantizar control, efectividad en el set y por supuesto menos trabajo.
Gaona desafía por completo este pensamiento, con trabajo arduo y resultados visibles. Lo que para otros es una desventaja, para él se convierte en esencia. Su mirada parte de lo comunitario y lo identitario: no extrae del pueblo un “identidad” pasajera, sino que construye el cine con el pueblo desde el costumbrismo más fiel. Con paciencia, con años de convivencia, va sembrando una relación de confianza que permite que sus actores crezcan en paralelo a sus historias y a los retos de su propia cinematografía. Así, Güepsa no solo es su lugar natal, que gracias a él, ya muchos conocemos, sino que también es ahora, un espacio donde la ficción se cuenta desde sus propias historias, donde cada gesto, cada acento, cada silencio tiene un valor de verdad que no se puede impostar. Definitivamente un pueblo de película.
Esa apuesta a largo plazo le ha dado frutos inmensos. Los mismos rostros que vimos un poco tímidos en los cortos de hace más de diez años hoy cargan una densidad emocional que se siente en pantalla. Esa evolución de los actores termina siendo un espejo del propio cine de Gaona, como si viéramos crecer a una misma familia a través del tiempo.
Claro que la apuesta no está exenta de riesgos. El trabajo con actores naturales demanda mayor tiempo de rodaje, más flexibilidad en el guión, una disposición casi artesanal de dirigir desde la escucha y no desde la imposición. Pero ahí está justamente el mérito de Gaona: transformar la aparente desventaja en una fuerza. Donde otros ven falta de técnica, él encuentra frescura. Donde otros ven rigidez, él encuentra la dignidad de lo propio.
En un país donde el cine a menudo mira hacia afuera buscando validación, la decisión de Iván Gaona es profundamente política. Su insistencia en los actores naturales es una defensa de la autenticidad, un recordatorio de que el cine también es un espacio para lo cotidiano, para los cuerpos y voces que rara vez llegan a la pantalla desde directores que no son ajenos a esas historias -porque historias de campesinos vemos muchas, desde miradas de directores con realidades totalmente distintas a las que cuentan-. Y esa fidelidad, esa terquedad casi, es la que hace de su obra algo irrepetible: un cine que no solo retrata un territorio, sino que lo convierte en protagonista de su propia historia.
¿Redención?
El guión plantea un doble viaje: físico, con persecuciones por el cañón, las emboscadas, la tensión constante de una guerra que nos involucra a todos y espiritual con la redención y la confrontación íntima. Cada personaje se ve obligado a enfrentarse a sí mismo en algún momento de la historia, y Gaona construye esa evolución con paciencia, sin atajos.
Uno de los elementos que más disfruté de Adiós al Amigo es la sustancia que los personajes consumen y que los transporta a una realidad paralela. Me atrevo a decir que es una referencia al Mambé, ese polvo verde de coca y ceniza que desde tiempos ancestrales ha acompañado a las comunidades indígenas de Colombia y la Amazonía, en rituales de memoria y sanación.
Aquí, Gaona lo usa como un vehículo narrativo mágico, que abre un portal hacia lo interior. El efecto no es escapista, sino totalmente confrontativo: los personajes entran en un estado donde la lucha externa pierde protagonismo y la verdadera batalla se revela como algo íntimo, espiritual.
El retratista, por ejemplo, parece obsesionado con vengar la muerte de su padre. Pero a medida que atraviesa esos viajes inducidos por el Mambé, entendemos que la venganza no es el verdadero motor. Lo que enfrenta no es al asesino, sino a sí mismo. La lucha, entonces, no es contra un enemigo tangible, sino contra las culpas, los rencores y la herencia de dolor que lo habitan.
Esa dimensión trasciende lo individual y se vuelve profundamente colombiana. En nuestra historia, en nuestras raíces, siempre ha estado presente la idea de que la violencia no es solo un hecho externo, que algunos viven y otros no, sino también una carga que llevamos dentro por herencia. El Mambé en la película simboliza ese regreso a lo ancestral: a las prácticas que buscaban equilibrio, a los rituales que entendían que el cuerpo y el espíritu no podían separarse de la tierra. Y por eso, en la película, nadie puede regresar de ese viaje sin lo que yo creo es redención. Hasta que no se entrega, hasta que no se perdona, hasta que no se acepta, no hay regreso posible.
El resultado es que la película se transforma no solo en un western, sino en un viaje espiritual de redención colectiva.
Con Adiós al Amigo , Iván David Gaona no solo firma su obra más ambiciosa hasta la fecha: funda lo que bien podría llamarse un western santandereano. Un género que no copia, sino que transforma; que no busca parecerse a otro, sino que se planta desde lo nuestro con la misma fuerza que tuvieron en su momento los spaghetti western clásicos.
Aquí el western no gira en torno a conquistar tierras salvajes, sino a enfrentar una memoria fracturada. En lugar de duelos al sol en desiertos de Arizona, tenemos el Chicamocha como un escenario que respira historia. En lugar del cowboy individualista, encontramos personajes atravesados por la culpa, la redención y el peso de la guerra civil.
Lo que Gaona aporta, además, es un ingrediente que lo vuelve inconfundible: la sátira. En medio de la tragedia y la violencia, aparece la risa, ese humor nuestro colombiano que convierte lo insoportable en soportable. La carcajada en la sala no suaviza el dolor, sino que lo ilumina con ironía.
Así, el western santandereano se erige con características propias: sombrero santandereano en vez de cowboy hat, música de Edson Velandia en vez de Morricone, sátira popular en vez de solemnidad heroica. Y lo más importante: un profundo sentido de pertenencia. Gaona demuestra que no necesitamos imitar nada; que con lo que tenemos, con lo que somos, podemos dialogar con el mundo entero.
Al salir de la función, con todas las emociones a flor de piel, ahí estaba Iván, esperando conocer de primera mano la expresión de su público. Con su hablado tan característico, me preguntó: ¿Cómo la pasó?
Querido Iván David, la pasé de puta madre.
Espero con ansias tu siguiente obra.
Con cariño, por siempre,
Una fan.


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